Desde mi llegada al centro “Mary Barreda” comprobé que los rigores del clima nicaragüense que tanto nos afectan no son comparables con el cálido recibimiento de este grupo de mujeres, tanto a nivel personal como profesional.
La capacidad profesional y la implicación y compromiso de todas ellas con el trabajo a realizar es patente. Un trabajo que no se resume en el tratamiento de la violencia de género tal y como se conoce en España sino como concepto global: atención, apoyo, acompañamiento y seguimiento de víctimas de maltrato físico y psicológico, agresiones sexuales, abusos a menores, demandas de pensión alimenticia, acoso laboral (especialmente a la principal población afectada, mujeres, niñas/os y adolescentes, pero también a hombres, si así lo solicitan); campañas de sensibilización, tanto en zona urbana como en las comunidades rurales y capacitación de personas que sirvan de vínculo entre los centros de atención a víctimas (como es el “Mary Barreda”) y la población demandante.
El reto ahora se centra en conseguir una continuidad del trabajo emprendido en estos tres años. Es ahora cuando las mujeres comienzan a concienciarse de que lo que viven como algo habitual y aceptado cultural y socialmente ni lo es ni debería ser así y, por tanto, con vistas al 30 de Noviembre (fecha final del proyecto) sería necesario el replantear la situación y buscar nuevas vías, bien desde la propia Nicaragua o en colaboración con algún organismo internacional respondiendo a la demanda que en nuestro encuentro con los facilitadores en la Casa Comunal de Pocitos nos hicieron: “No nos dejen solas”.
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