martes, 23 de agosto de 2011

Las Peñitas- Isla de Juan Venado

Experiencias de voluntarios en León. Verano 2011. Marta Ruber Capilla.

Hemos venido a visitar Las Peñitas, una playa frente al bravo Océano Pacífico. Hasta la fecha es lo mas parecido al paraíso que hemos visitado por aquí.

El océano, que yo imaginaba gélido, es todo lo contrario, aunque eso sí, es bravo y los tumbos (olas) te revuelcan y arrastran, y algunos incluso osan adentrarse para que las olas le cubran, y se llevan algún pequeño susto.

Agotados después de luchar contra las corrientes, jugamos con una pelota de voley y nos hacemos alguna fotografía graciosa.

Llega la hora de comer, las 12, pedimos pescado fresco que nos sirven dos horas después, así es la hora nica. Aprovechamos para balancearnos en las hamacas, tumbarnos en la siesta o tomar unas Toñas, las cervezas de aquí, mientras charlamos.

Al día siguiente alquilamos unas lanchas y los guías nos llevan a visitar la Isla de Juan Venado a través de un brazo de mar donde se mezclan aguas dulces y saladas.

Del lodo del que está formada la isla surgen los manglares, que son árboles de cuyas ramas surgen otras hacia abajo, que como brazo y mano, llegan hasta el fondo y se agarran al lodo para manar de sus aguas.


Los guías nos muestran la variedad de animales: las elegantes garzas, las enormes arañas que tejen grandes telas, cocodrilos, pequeños, pues los grandes se esconden, afortunadamente, diría yo. Vemos también armadillos y pájaros singulares.

Llegamos al fin del paseo y el guía nos pregunta si querríamos llegar un poquito mas allá y nos introduce por canales estrechos por donde apenas cabe justa la barca. Arribamos a una playa casi desierta, esto sí que es el paraíso, un puñadito de paz, solo el grupo, que se dispersa recogiendo conchas y caracolas, los guías y alguna pareja de turistas.

Ahí nos bañamos, y las rocas nos sirven de parapeto, y unos ríen y otros observan la maravilla del paisaje, paseando, sentados...

La vuelta la hacemos en silencio, como disfrutando del momento y de la brisa que cae sobre nosotros y nos refresca. Un remanso de paz, justo antes de partir hacia la Gritería Chiquita en León.

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